viernes, 23 de abril de 2021
lunes, 19 de abril de 2021
Ni Largo ni Caballero
Andrés Trapiello
"Ayer se celebró el nonagésimo aniversario de la proclamación de la Segunda República y este periódico publicó un excelente reportaje de Lucía Núñez y Carlos Salas. Dieron estos a conocer una entrevista extraviada de Largo Caballero en La Prensa de Nueva York, febrero de 1936. El dirigente socialista anuncia en ella la «Unión de Repúblicas Soviéticas de la Península Ibérica, abarcando toda España y posiblemente Portugal también». La parte enternecedora de aquel propósito es la lírica, ese posiblemente. Claro que la lírica posiblemente no hubiera bastado y habrían tenido que recurrir a la épica: en Portugal gobernaba Oliveira Salazar, un dictador y futuro aliado de Franco.
Por lo demás, en esa entrevista nada que no supiéramos: Franco dio su golpe de Estado el 18 de julio porque Largo Caballero no pudo darlo el 17. Al News Chronicle de Londres había declarado días antes: «La solución para España, un baño de sangre», y «habrá Soviet en España en cuanto caiga Azaña», le había dicho a Edward Knoblaugh, corresponsal de la Associated Press que pasó la entrevista a La Prensa.
Como es natural, Núñez y Salas recaban la opinión de algunos historiadores. De derechas, de centro y de izquierda. En estos asuntos, por querencia y por afición, suele uno empezar con los de izquierda. Paul Preston. Siempre hay que leer a Paul Preston. Es una garantía. Casi nunca defrauda: si puede y le conviene, escamoteará la verdad o la manipulará. Cuántas veces le habremos sorprendido haciendo con los hechos lo que los trileros con la bolita de pan y los tres naipes. ¿Qué dice, qué hace Preston en esta ocasión? Matar al mensajero: «Knoblaugh era de derechas y siempre le interesaba la noticia sensacional más que la verdad exacta. O sea, como mínimo, era bastante frívolo, por no decir descaradamente deshonesto». A continuación, es verdad (volveremos sobre ello), declara Preston que no tiene de «la inteligencia política de Largo Caballero una opinión muy positiva». Es lo que me pasa a mí con Preston. ¿Y qué? ¿Qué tiene que ver la inteligencia con los hechos?
Como tal vez recuerden, hace unos meses el Ayuntamiento de Madrid, de derechas, acordó desmontar el monumento de Largo Caballero. Lo hizo, para más inri, aplicando una ley de Memoria Histórica aprobada por un gobierno de izquierdas. Gran revuelo (duró unos días). 250 historiadores («¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?», se preguntaba Jardiel Poncela; ¿hay 250 historiadores?, se preguntará cualquiera) protestaron enérgicamente. Al frente se puso, cómo no, al adalid Paul Preston. Sus declaraciones fueron no ya líricas, no ya épicas; son... dramáticas: «A Largo Caballero se le podría acusar de ser un político incompetente, pero no de ser un asesino». Bien, y si es un político incompetente, ¿por qué se le hizo un monumento (por cierto, tremendo, pavoroso)? ¿Basta con no ser un asesino para tener en Madrid calle o estatua? Es posible, sólo hay que repasar un plano de esta ciudad.
Hace dos o tres años participó uno en un acto sobre la Memoria Histórica con Paco Vázquez, ex alcalde socialista de La Coruña. Contó entonces lo que Tierno Galván, alcalde de Madrid, explicó a los compañeros que exigían desmontar la estatua de Franco tras el 23-F: era una temeridad, pero les resarciría con una de Largo Caballero. Se apaciguaron. A los pocos años desapareció la de Franco, pero la de Largo Caballero, el orondo «Lenin español», siguió en su sitio.
Buena parte de la izquierda, políticos o historiadores, tiende a creer que haber perdido la guerra y haber sufrido el consiguiente exilio exime a los suyos de las responsabilidades políticas, personales o penales en las que hubieran podido incurrir. Y, sí, Largo Caballero fue un incompetente... Por suerte la revolución bolchevique que intentó de todas las maneras no le salió. El baño de sangre le salió mejor, eso sí. De eso, Paul Preston, es de lo que hemos de tratar. No de si el periodista era o no de derechas, no de la inteligencia de Largo Caballero.
A propósito: La Prensa. Núñez y Salas no lo cuentan, quizá no conozcan el dato. Sí lo conocerán los amigos de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. El hermano de esta, amigo personal de Roosevelt, era el propietario de ese influyente medio en la comunidad hispana neoyorquina. Un periódico que defendió la legalidad republicana. A través de él organizaron el matrimonio Jiménez las colectas pro-niños republicanos. Después se fueron a Puerto Rico. Acabaron en la universidad a las órdenes de Serrano Poncela, implicado en las matanzas de Paracuellos. JRJ. se negó a rendirle pleitesía: «No he llegado hasta aquí para darle la mano a un asesino». Y, créame, Paul Preston, es poco probable que se la hubiera dado a Largo Caballero, «un cretino en traje bananero» (Chaves Nogales) y presidente de gobierno cuando los Jiménez, Chaves o Clara Campoamor tuvieron que huir de la República y de España para salvar sus vidas."
domingo, 28 de marzo de 2021
Femen contra el fascismo
sábado, 6 de marzo de 2021
Los 700 muertos olvidados de Montcada i Reixac
El cementerio de Montcada i Reixac (Barcelona) tiene un pequeño parterre de césped donde crecen una palmera y tres arbustos ornamentales. El parterre está empotrado entre paredes de nichos y sirve para aparcar las herramientas del encargado del cementerio. Este rincón ajardinado pasa desapercibido, sin ninguna señal que indique que bajo tierra hay unos 700 cadáveres no identificados, personas ejecutadas entre julio de 1936 y abril de 1937.
En el cementerio de Montcada fueron asesinadas cerca de 1.300 personas por ser consideradas afines al alzamiento militar contra la República, muertas en su gran mayoría por patrullas de la CNT-FAI. Es la fosa más grande de la violencia en la retaguardia republicana en Cataluña. Las autoridades franquistas exhumaron unos 1.200 cadáveres en Montcada; de estos, aproximadamente 700 no fueron identificados. El número de víctimas sería más elevado porque parte de los ejecutados eran posteriormente incinerados en los hornos de la vecina cementera Asland, explican los investigadores locales Ricard Ramos y Josep Bacardit en el libro 940 días. La guerra civil en Montcada i Reixac.
Los asesinatos durante la Guerra Civil en la Cataluña republicana ascendieron a 8.352, según los datos del Memorial Democrático de la Generalitat. A partir de 1939, los tribunales militares franquistas sentenciaron a muerte en Cataluña 3.358 personas –cifra contabilizada por el Archivo Nacional de Cataluña. El Ayuntamiento de Barcelona instaló este año en el Fòrum un mural en recuerdo de las 1.686 personas fusiladas por el franquismo en este punto del litoral compartido con Sant Adrià de Besòs. Estas víctimas están enterradas en la fosa de Montjuïc.
En el cementerio de Montcada no hay ningún elemento informativo ni señalización que indique que hay una fosa de la Guerra Civil. En un muro hay una placa de piedra en un pésimo estado, de 1943, en la que a duras penas puede leerse un tributo a 23 vecinos de Batea (Tarragona) “transportados y vilmente asesinados el 27 de octubre de 1936 en este cementerio”. El cementerio tiene un monumento perfectamente conservado dedicado a cinco militares sublevados y fusilados en la zona, una línea de lápidas de 21 vecinos de Montcada que fueron ejecutados en otras comarcas, y también una columna dedicada a 20 partidarios carlistas del golpe de Estado.
La ley catalana de 2009 de localización e identificación de las personas desaparecidas durante la Guerra Civil y la dictadura obliga a preservar la memoria de las víctimas de los dos bandos: “El Gobierno de la Generalitat ha de impulsar un protocolo de actuación para dignificar las fosas comunes en los cementerios municipales y destinar los recursos necesarios para llevar a cabo este protocolo, si es necesario, con la colaboración de los ayuntamientos respectivos”. El Ayuntamiento de Montcada confirma que no ha habido nunca ningún plan para instalar placa informativa o conmemorativa alguna. Ramos explica que el único intento de establecer un monumento fue por parte de Falange, en los inicios de la posguerra, aunque no se llegó a materializar. Ramos estima que los actos propagandísticos del franquismo en el cementerio de Montcada dejaron de celebrarse unos diez años después del conflicto militar.
La Dirección General de Memoria Democrática de la Generalitat informa que en 2019 no está prevista ninguna intervención en la fosa del cementerio de Montcada. Por lo que respecta a la posibilidad de exhumar los cadáveres sin identificar en Montcada, el Departamento de Justicia del gobierno catalán recuerda que “se establece la apertura de nuevas fosas a partir de criterios técnicos, como las peticiones de familiares, los hallazgos de restos en superficie o el grado de documentación de la existencia de una fosa”. En Cataluña, según la Generalitat, hay más de 500 fosas con cerca de 20.000 personas enterradas, la gran mayoría combatientes del ejército republicano. El Departamento de Justicia destaca que en 2017 se inauguró en el Parque de Collserola (Barcelona) un homenaje al periodista Josep Maria Planas, muerto en 1936 por un pelotón de la FAI. En la Fatarella (Tarragona) se descubrió en 2017 una placa dedicada a 34 campesinos también asesinados por la FAI. En el cementerio de Lleida se inauguró en 2010 un monumento a las personas asesinadas por el franquismo pero también en el bando republicano.
Los catedráticos de Historia Contemporánea Joan Villarroya y Josep Maria Solé i Sabaté, en el libro Violència i repressió a la rereguarda catalana (1936-1939), argumentan las razones de la especial violencia de la CNT-FAI en Montcada: “Los pelotones de los comités de Montcada, Cerdanyola y Ripollet, formados al abrigo de las fábricas de Asland en Montcada y la Uralita de Cerdanyola”, fueron represaliados tras el alzamiento anarquista de 1933 en Ripollet, un hecho que “profundizó todavía más las diferencias políticas”. Una veintena de los ejecutados en el cementerio eran vecinos de Montcada, dice Ramos, mientras que el resto procedía de toda Cataluña. Ramos subraya que aquellos hechos supusieron un trauma en Montcada, por la participación de gente del pueblo, por “la complicidad de la mayoría de obreros anarquistas de la Asland” y porque los más viejos recuerdan “cómo contaban los muertos por los tiros de gracia de madrugada”.
Los ejecutados en Montcada eran principalmente religiosos y hombres de la Lliga, el partido del catalanismo moderado de Francesc Cambó, pero también empresarios, propietarios agrícolas, abogados, farmacéuticos o comerciantes. La Generalitat promovió en abril de 10937 un tribunal especial para esclarecer los hechos y perseguir a los autores de aquella violencia. Bajo el liderazgo del juez Josep Maria Bertran de Quintana se abrieron 17 fosas y se localizaron 2.073 cadáveres, “unos 1.600” en Montcada, apuntaba un informe de Bertran de noviembre de 1937. Bertran solo exhumó 450 cadáveres en Montcada y las autoridades franquistas continuaron con el trabajo a partir de 1940.
Fusilados no identificados
Vilarroya y Solé i Sabaté recogieron algunas de las descripciones judiciales que se realizaron de los cadáveres exhumados para poder identificarlos a partir de los datos que enviaban familiares, como es el caso de Josep Bardella Paul, oriundo de Sant Sadurní d'Anoia: “Un pañuelo con las iniciales A. B. Otro pañuelo con las mismas iniciales; un lápiz de madera con las letras 'Empre buenas cosechas'; una caja de cerillas de cinco céntimos; una peseta de plata; tres caliqueños y medio”. Las iniciales A. B. podrían responder a las de su hermano Antoni Bardella, exconcejal de la Lliga y comerciante que fue ejecutado en julio de 1936 en Vallirana.
La mayoría de fusilados en Montcada no fueron identificados y volvieron a ser inhumados. Es el caso de los despojos de una mujer, la descripción de la cual aparece transcrita en la obra de Villarroya y Solé i Sabaté: “Estuche de cuero marrón nuevo y sin lentes; dos pañuelos blancos muy usados sin iniciales; una goma de borrar lápiz; un estuche para guardar agujas de coser de pasta amarilla y morada; un lápiz de madera; todo esto mencionado se encontraba en el cadáver de una mujer de unos 35 a 40 años que llevaba un vestido oscuro estampado”.
martes, 2 de marzo de 2021
Los 6.402 asesinatos amparados por una política perversa en Colombia
Los 6.402 asesinatos amparados por una política perversa en Colombia
Los llamados ‘falsos positivos’ fueron ejecuciones extrajudiciales que reflejan la degradación del Estado y las fuerzas de seguridad durante el mandato de Álvaro Uribe
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“Es mi hijo, Fair Leonardo”, le contestó Luz Marina Bernal a la doctora de Medicina Legal, el organismo forense de Colombia que se encarga de establecer la causa de muertes violentas, cuando la doctora le preguntó si lo reconocía. Fue un sí corto, fulminante, dicho casi que con el último aliento que le quedó luego de estrellarse con la foto del cadáver, o de lo que quedaba de él.
Según el informe, Fair Leonardo recibió trece impactos de bala: uno le desbarató la mandíbula y otro el rostro. Desapareció ocho meses antes sin dejar rastro. Luz Marina lo buscó hasta el desfallecimiento, sabía que él no podía sobrevivir por sí solo. A pesar de que él tenía 27 años y de que era alto y fornido, su cerebro era el de un niño de 10. Padecía de una discapacidad severa derivada de una meningitis cerebral que contrajo de pequeño y que le impedía leer y escribir. Se ganaba la vida haciéndole mandados a los vecinos de cuando en vez, siempre que no fuera muy lejos porque podía sufrir una convulsión y perderse. Por eso, siempre llevaba un cartón con su nombre, dirección y teléfono.
A Luz Marina nada le encajaba. Encontraron su cuerpo en Ocaña, un pueblo a 700 kilómetros de Bogotá. Era imposible que Fair Leonardo hubiera llegado hasta allá solo. Supo que había sido enterrado en una fosa común y que había muerto dos días después de haber desaparecido. Es decir, llevaba varios meses muerto. Encontrarlo fue prácticamente un milagro. Un pedazo de ella quedó inerte cuando descubrió que su hijo discapacitado, que nunca había empuñado un arma porque su incapacidad se lo impedía, aparecía reseñado en la Brigada XV de Ocaña como el jefe de una organización narcoparamilitar y que había sido dado de baja por haber atacado a una unidad militar.
Fair Leonardo es uno de los 6.402 casos de falsos positivos que, según el nuevo Tribunal de Paz, se produjeron en Colombia entre los años 2002 y 2008, periodo en que gobernó el presidente Álvaro Uribe. Esta cifra es tres veces más alta que la que había recabado la Fiscalía hace un tiempo, cuando habló de 2.240 casos.
Si fueron 2.000, 6.000, o 10.000 como aseguran algunas ONG, poco importa. Cualquier cifra es irrelevante ante la magnitud del horror que supuso esta práctica macabra que se llevó a cabo en 27 de los 32 departamentos de Colombia y en más de 180 unidades tácticas adscritas a casi la totalidad de las Brigadas.
El Gobierno de Uribe creó un sistema de premios y beneficios que medía el éxito de la guerra contra las FARC por el número de bajas. Para acceder a esos beneficios, muchas unidades militares diseñaron un esquema de corrupción en el que reclutaban a jóvenes, en su mayoría de barrios populares, los trasladaban a lugares remotos con promesas falsas de trabajo, les quitaban sus documentos y los asesinaban para luego presentarlos como guerrilleros dados de baja (muertos) en combate.
La impunidad la tenían garantizada. Las víctimas que reclutaban eran consideradas desechables, los asesinatos eran rápidamente legalizados como bajas en combate y los cuerpos terminaban enterrados en fosas comunes para que no pudieran ser identificados. Solo tuvieron un error de cálculo: subestimaron la tenacidad de Luz Marina Bernal por encontrar a su hijo desaparecido. A Fair Leonardo lo mataron cumpliendo el mismo protocolo, el mismo código de silencio con el que se llevaron a tantos jóvenes de familias humildes. Así se desveló el modus operandi que estaba oculto.
Los falsos positivos son el monstruo de Frankenstein que engendró la política de seguridad democrática de Álvaro Uribe, concebida para ganar la guerra contra las FARC.
En el papel, que todo lo resiste, se decía que el objetivo de esa política era asegurar el imperio de la ley en todo el territorio nacional, proteger a los ciudadanos, estimular el pluralismo y fortalecer el Estado de derecho. En la práctica, se convirtió en una patente de corso para darle incentivos perversos a la tropa, y para que los generales cercanos a Uribe se volvieran los principales promotores de la política del body counting. Todavía retumban las arengas matutinas que hacía por la radio el general Mario Montoya, comandante del Ejército, en las que exultaba a sus tropas a que le entregaran bajas. El coronel González del Río, uno de los pocos oficiales condenados por falsos positivos, aseguró en testimonios ante la justicia que escuchó al general Montoya pronunciar: no quiero regueros de sangre, ¡quiero ríos de sangre! Otro general les dijo a sus hombres que quería ver el estadio de fútbol de Medellín lleno a reventar de bajas.
Cuando falla el procedimiento en una prueba de sangre, a eso se le llama falso positivo. Las ejecuciones extrajudiciales que sucedieron en Colombia no pueden considerarse un falso positivo: no fueron un error técnico en un laboratorio, fueron asesinatos de civiles amparados por una política de gobierno perversa.
Yo reconozco que las FARC son responsables de mucho del dolor que se siente en Colombia. Pero el conflicto también degradó al Estado y a las fuerzas del orden. Los falsos positivos reflejan esa descomposición. Y son, en realidad, ejecuciones extrajudiciales, crímenes de guerra.
Luz Marina tiene unos ojos verdes luminosos que intimidan porque lo han visto todo. Ya no le teme a nada. Aspira a una sola cosa: a que algún día Uribe tenga empatía con su dolor y acepte que sus decisiones desencadenaron un horror inenarrable.
María Jimena Duzán es periodista y autora de Santos. Paradojas de la paz y del poder (Debate).
miércoles, 17 de febrero de 2021
Andrés, el abuelo militar del rapero Pablo Hasél que persiguió a maquis comunistas con granadas
Esta es la historia familiar desconocida hasta ahora del rapero, autor de letras contra el Rey y Franco, y a favor de grupos terroristas.
Rafa Martí @rmartid. Fuente: El Español
La madrugada del 18 de octubre de 1944, la 204 división maquis penetró en el Valle de Arán con el objetivo de reconquistar España. Alrededor de 4.000 guerrilleros comunistas organizados en 211 brigadas entraron por diferentes pasos de montaña para izar de nuevo la bandera tricolor republicana. La invasión tomó por sorpresa al ejército franquista y varios pueblos cayeron sin apenas resistencia. Sin embargo, la 410ª brigada maqui no sabía lo que le esperaba en el pueblo de Les Bordes. Allí, la 2ª Compañía del Batallón “Albuera” se hizo fuerte en la plaza y se enzarzó en un crudo combate con la guerrilla. Superada en número, parte de la Compañía se rindió. La otra escapó. Entre los que huyeron estaba su comandante, un joven teniente llamado Andrés Rivadulla Buira y uno de los secretos mejor guardados del rapero condenado Pablo Hasél.
Después de una investigación entre decenas de documentos, libros de historia y conversaciones con expertos en la materia, EL ESPAÑOL ha descubierto que Pablo Hasél -cuyo nombre real es Pablo Rivadulla Duró- es nieto del teniente Andrés Rivadulla Buira, uno de los militares más sonados en los combates entre el ejército de Franco y los maquis en octubre de 1944 en el Valle de Arán.
En la actualidad, Hasél puede convertirse en el primer rapero de la España democrática que entra en prisión. La Audiencia Nacional le dio de plazo hasta ayer, 12 de febrero a las 20:00, para hacerlo voluntariamente, pero él se niega. “Tendrán que venir a secuestrarme”, dijo, en una muestra más de un carácter desafiante que viene de lejos.
El tribunal lo condena por haber enaltecido, entre otros delitos, a grupos terroristas como Al Qaeda, Terra Lliure, el GRAPO o la Fracción del Ejército Rojo (RAF). Sus letras y tuits han disparado contra la policía, el franquismo, los fascistas o el rey. Y también han ensalzado a personajes como Manuel Pérez Martínez, secretario general del PCE, y contra cuyos camaradas se lió a tiros su abuelo, el teniente Rivadulla, en el Valle de Arán.
¿Quién le diría al teniente Rivadulla, en aquel otoño de 1944, que su nieto Pablo sería el epicentro de un terremoto político que va desde el vicepresidente Pablo Iglesias hasta cientos de artistas y personajes del mundo de la cultura que piden su absolución? Pero, sobre todo, ¿quién le diría que su nieto sería condenado por apoyar, precisamente, a los herederos de quienes quisieron quitarle la vida en las calles de Les Bordes?
Andrés Rivadulla Buira se graduó como alférez provisional de la 16ª promoción en la Academia Militar de Ávila, poco después del final de la Guerra Civil, el 28 de mayo de 1939. Salió como teniente de la Academia de Guadalajara de Transformación de Oficiales, y se incorporó a la 42ª división de Cazadores de Montaña Urgel en agosto de 1943. En concreto, al Batallón “Albuera”.
Un año después, el 29 de agosto de 1944, Rivadulla salió hacia el Valle de Arán. Lo hizo al mando de la segunda Compañía del Batallón, formada por un centenar de hombres con el encargo de defender el punto estratégico de Les Bordes. Rivadulla tenía 24 años.
Invasión maqui
Han pasado 77 años desde los hechos. Pero los signos que dan testimonio de lo que allí ocurrió siguen intactos. La iglesia de Les Bordes todavía conserva los agujeros de los balazos que Rivadulla y sus hombres intercambiaron con los maquis en una lucha sin cuartel que se saldó con 15 muertos entre los dos bandos.
Desde su llegada el 3 de septiembre, Rivadulla y sus soldados se encargaron de labores de reconocimiento, del envío de informes a los mandos y de preparar la defensa del pueblo. Los maquis, guerrilleros comunistas compuestos por exiliados republicanos en Francia e internacionalistas de otras nacionalidades, se habían hecho fuertes como organización en los escurridizos valles del Pirineo. Las escaramuzas estaban al orden del día.
Lo que estaba por llegar era el resultado de meses de preparativos del PCE y la Unión Soviética: la Operación Reconquista de España. Los maquis, equipados con buenas armas, tenían el objetivo de invadir la península, proclamar la Tercera República y conseguir el control del Estrecho de Gibraltar y una salida al Mediterráneo para la URSS.
La primera fase del plan era adentrarse en el Valle de Arán y tomar su control antes del invierno. En 1944, el túnel de Viella estaba en construcción y el único acceso al Valle era el escarpado puerto de la Bonaigua que, con la nieve, aún hoy, es inaccesible. De esta forma, el Valle quedaría aislado y allí se instalaría una base de operaciones y el germen del tercer régimen republicano.
Los guerrilleros maquis intentaron controlar los pueblos estratégicos de Les Bordes, Viella y Salardú.
Los guerrilleros maquis intentaron controlar los pueblos estratégicos de Les Bordes, Viella y Salardú. Montaje: Jorge Carbajal / El Español
Les Bordes era uno de los tres puntos estratégicos para controlar el Valle, junto a las poblaciones de Viella y Salardú. Por ellas transcurría el río Garona y la única carretera, esencial para el abastecimiento y la comunicación de las tropas. Rivadulla y los suyos no recibieron respuesta a sus informes, mientras sentían la respiración de los maquis en la espalda. Estos llegaron por sorpresa en la madrugada del 18 de octubre.
Dura resistencia
El historiador Daniel Arasa, en su libro Años 40: los maquis y el PCE, relata así la batalla: “‘Hacia las cuatro de la mañana empezó el tiroteo -explican Baldomero Rodríguez y su esposa, estanqueros del pueblo y propietarios del edificio desde el que los maquis disparaban contra sus adversarios- ya que la Guardia Civil y parte de las tropas se niegan a rendirse’”.
“La mayor parte de la compañía, sorprendida en las casas en las que residía, se rindió a los guerrilleros, pero una parte de la tropa sigue luchando. El combate se produce en la minúscula plaza mayor del pueblo. Desde el barestanco-zapatería disparan los maquis, mientras en dos viviendas situadas enfrente resisten el teniente Rivadulla, el sargento y varios soldados y guardias civiles.”
“Los maquis lanzan contra sus adversarios bombas incendiarias desde la casa, pero cuando uno de ellos intenta lanzar otra, el sargento del Ejército le disparó, hiriendo al maqui. La bomba que este tenía en su mano se estrelló contra el propio balcón de la casa en que estaba, que se incendió, quedando totalmente destruida”.
Los datos cotejados con el relato de otros historiadores, señalan que se rindieron unos 80 hombres. Sin embargo, la lucha de Rivadulla y de los pocos que resistían a su lado se alargó todo el día 18. El mando envió refuerzos pero fueron repelidos. “Muchos de los soldados de refuerzo se perdieron en los bosques y fueron capturados por la guerrilla”, dice el coronel de Artillería retirado e historiador Fernando Martínez de Baños en conversación con EL ESPAÑOL.
Por la noche, superados en número y sin apoyos a la vista, Rivadulla, el sargento -llamado Gestal- y los soldados y guardias civiles que quedaban con ellos, se descolgaron por las ventanas de una de las casas en las que se atrincheraron hacia el río Garona. Desde ahí huyeron a pie tres días por las montañas nevadas hasta llegar a Salardú, donde se reunieron con otras tropas de la división el 21 de octubre. En Salardú, las tropas divisionarias habían repelido la invasión con una ametralladora emplazada en el campanario de la iglesia del pueblo.
Según relata Ferran Sánchez Agustí en Maquis y Pirineos: la gran invasión (1944-1945) el tiroteo de Les Bordes se saldó con la muerte de seis maquis, siete soldados y dos guardias civiles del Cuerpo de Carabineros. Dos de los maquis eran rusos asiáticos. Los propios lugareños construyeron los 15 ataúdes y el rector ofició el funeral.
Granada de mano
A su llegada a Salardú, Rivadulla y los suyos se recuperaron de la refriega. Apenas un día después, el 22 de octubre, se produjo un episodio que “solo puede comprenderse en un contexto de guerra”, explica Martínez de Baños. Rivadulla entró en el bar de Betrén, un pueblo entre Viella y Salardú, en estado de ebriedad y con una granada en la mano.
Se había dirigido allí con algunos soldados. La versión de Sánchez Agustí es que jugaba con la granada. La de Martínez de Baños es que entró en búsqueda de un maqui que sospechaba que se escondía en el bar. Sea como fuere, los nervios y el alcohol le jugaron una mala pasada. La granada explotó dentro del bar y se llevó la vida de un agente forestal aranés e hirió a varios de los presentes, entre ellos, el propio Rivadulla.
Sánchez Agustí explica que el abuelo de Hasél fue evacuado en una ambulancia por el puerto de la Bonaigua pasando por territorio del maqui, en “un viaje de película”. Martínez de Baños dice que el teniente “pedía morfina a gritos”. Tenía heridas en las manos, la frente, la pierna izquierda y el tímpano derecho perforado. Fue atendido en un hospital provisional en Sort e ingresado definitivamente en Lérida el 24 de octubre. Allí se repuso de las heridas hasta el 29 de diciembre.r
Rivadulla fue sometido a un consejo de guerra, según relata Sánchez Agustí, aunque se saben pocos detalles de ese proceso. Su vida continuó sin grandes sobresaltos en Lérida hasta el día de su muerte. El nombre de Andrés Rivadulla Buira aparece en varios documentos oficiales administrativos y militares que dan fe de su carrera en el Ejército, donde alcanzó el rango de teniente coronel.
En 1957, ya siendo capitán de Infantería, fue destinado al Regimiento de Cazadores de Montaña número uno. En 1958, recibió una ayuda para la escolarización de su hijo mayor José Pablo Rivadulla Gracia. En 1960 pasó a situación de “disponible voluntario” en la cuarta región militar, con residencia en Lérida. En 1966, ya aparece como comandante de Infantería. En septiembre de 1967, concedieron a su hijo José Pablo una plaza en la Residencia de Estudiantes “Muñoz Grandes” de Barcelona. En 1980 ya era teniente coronel de Infantería. El 4 de marzo de ese año causó baja en el destino civil que ocupaba en el Ministerio del Interior, en la Jefatura Local de Protección Civil de Lérida y pasó a la situación de Expectativa de Servicios Civiles. Su paso a la reserva activa fue en 1981. Moriría poco después, como atestigua un Boletín Oficial de Defensa de febrero de 1985, en el que se señalan prestaciones a su viuda, Marina Gracia Gan.
Al tiempo que disminuía su actividad en el Ejército, Rivadulla desarrolló pequeños negocios en el sector agropecuario, específicamente, en la alimentación de animales. Su nombre consta en diferentes registros empresariales desde, al menos, 1977, y en publicaciones de ferias o de su sector. Registró empresas como Aproalfa S.A., junto a su socio Francisco Porta Vilalta, y Construcciones Pecuarias, S.A., con las que tuvo un notable éxito.
El teniente nunca conoció a su nieto Pablo, nacido en 1988. Tenía un hermano llamado Pedro Rivadulla Buira y su padre fue el teniente coronel de la Guardia Civil José Rivadulla de Arellano, “muerto en acción de guerra”.
Familia conocida
Establecer la conexión entre el teniente Rivadulla y Pablo Hasél fue posible a través de la esquela de Marina Gracia Gan. Ella fue la esposa del teniente y también abuela de Hasél. La nota se publicó en el diario Segre el 24 de marzo de 2017, y al año siguiente, en el primer aniversario de su muerte. Esta señala que Marina Gracia Gan fue viuda de Andrés Rivadulla Buira, y que tuvieron siete hijos: José Pablo, Merche, Andrés, Marina, Pedro, Ignacio y Mamen. Ignacio es el padre de Hasél.
El padre del rapero, Ignacio Rivadulla Gracia, fue presidente de la Unió Esportiva Lleida, el principal club de fútbol de la ciudad. También es el propietario de empresas de control de plagas y desratización de edificios. La tía de Hasél, que aparece como Merche en la enumeración de la esquela, es Mercè Rivadulla Gracia, exdiputada de Izquierda Unida en el Congreso de los Diputados.
Mercè se casó en Madrid con un responsable de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) con el que tuvo dos hijos. Trabajó como abogada laboralista y se comprometió con la causa internacional palestina a través de diferentes iniciativas. Después de un periodo en México, trabajó como profesora en Lérida. Más tarde, se incorporó a la extinguida facción de Izquierda Unida en Cataluña, Iniciativa per Catalunya / Els Verds y fue miembro del Congreso entre 1993 y el 2000.
Los acontecimientos que involucraron al teniente Rivadulla en la invasión maqui del Valle de Arán no cambiaron el curso de la historia. Como explica el historiador Martínez de Baños a este periódico, los maquis “podrían haberse hecho con Viella”, la capital del Valle. Pero dudaron. Los defensores simularon con tuberías que tenían piezas de artillería. Cuando los guerrilleros se enteraron de los refuerzos que enviaba el Capitán General de Cataluña, el general José Moscardó, esta vez con artillería de verdad, “desaparecieron de la noche a la mañana”.
Pero si no cambiaron la historia, aquellos sucesos se recuerdan como uno de los combates más duros de la invasión maqui del Pirineo. 77 años después, con el polvo encima de los libros de historia y los relatos de unas vivencias poco imaginables, Pablo Rivadulla Duró, alias Hasél, se enfrenta a 9 meses de cárcel que podrían convertirse en dos años y medio haberse negado a pagar las multas. Todo por defender con vehemencia -delictiva, según el juez- la ideología de a quienes su abuelo se enfrentó una madrugada de 1944.
