domingo, 27 de septiembre de 2020

Asesinato en Mondragón


Marcelino Oreja es hijo póstumo. Nació cuatro meses después del asesinato de su padre, Marcelino Oreja Elósegui, ocurrido en Mondragón el 5 de octubre de 1934. El que fuera, entre otros cargos, ministro de Exteriores en el primer gobierno de Adolfo Suárez y comisario europeo cuenta en el libro autobiográfico ‘Memoria y esperanza’, cómo su madre, Pureza Aguirre, “aunque nunca me incitó hacia el resentimiento de quienes le dieron muerte, sí me inculcó su memoria como el espejo ideal en el que debía mirarme”.

La Revolución de Octubre de 1934 tuvo en el País Vasco uno de sus focos más activos. Si Asturias y Cataluña fueron los dos centros neurálgicos de la insurrección organizada y dirigida por los socialistas, los acontecimientos en Euskadi entre los días 5 y 12 de octubre dejaron un saldo de 42 muertos, centenares de heridos y no menos de 1.500 encarcelados y procesados. Entre las víctimas mortales destacó, por su relevancia política, Marcelino Oreja, que acababa de suceder a su suegro en la Presidencia de Unión Cerrajera, la gran factoría metalúrgica de Mondragón, que entonces empleaba a más de 1.500 trabajadores.

Oreja había nacido en 1896 en Ibarrangelua, pueblo de la costa vizcaína donde su padre ejercía como médico. Hombre de sólidas convicciones cristianas, cursó al mismo tiempo las carreras de Ingeniero de Caminos y Derecho. Desde su época estudiantil trabó amistad con las personas que impulsaron la Acción Católica de Propagandistas, organización que perseguía una intervención eficaz de los católicos en la vida pública.

Carlista por tradición familiar, militó en el tradicionalismo y, proclamada la Segunda República, en junio de 1931 fue elegido diputado por Bizkaia en la misma lista que José Antonio Aguirre (PNV). Católicos y nacionalistas vascos coincidían entonces en su defensa del Estatuto de Estella, que facultaba a Euskadi a pactar con el Vaticano, y en su rechazo a las políticas laicistas del gobierno. Durante el debate de la Constitución republicana, se opuso a la disolución de la Compañía de Jesús, a la extinción del presupuesto de culto y clero y a la prohibición de la enseñanza a las órdenes religiosas.


Josep Pla vio a Oreja como un empresario “saturado de sentido humano”

La huelga revolucionaria de octubre de 1934 le sorprendió en casa de su suegro en Arrasate. Los huelguistas, liderados por Celestino Uriarte, se hicieron con el control del municipio, instalaron su cuartel general en la Casa del Pueblo y proclamaron la “república socialista”. A las cinco y media de la mañana, una llamada telefónica advirtió a Oreja del peligro cierto que corría. “Es inútil que intente escaparse porque será muerto”, escuchó por el auricular. Trató de llamar al cuartel de la Guardia Civil, pero la línea estaba cortada. Se asomó a una ventana del piso superior y comprobó que la casa, situada en el centro del pueblo, estaba rodeada de hombres armados con escopetas y pistolas. Arrodillado junto a su mujer, que estaba embarazada de cinco meses, rezó el rosario y esperó acontecimientos.

Dos horas después, ocho hombres armados llamaron a la puerta. Uno de ellos era Jesús Trincado, militante ugetista. “Dile al amo que baje”, exigieron los asaltantes en euskera. Oreja salió encañonado y con los brazos en alto. Le condujeron a la Casa del Pueblo y le encerraron en una habitación en la que ya se encontraba Ricardo Azcoaga, directivo de Unión Cerrajera. Un cuarto de hora después, entró un tercer prisionero, Dagoberto Rezusta, consejero de la empresa y diputado provincial en las filas del Partido Radical.

El aviso de que llegaban al pueblo tres camiones con soldados procedentes de Vitoria alertó a los revolucionarios. Mientras unos planeaban huir al monte, otros proponían atrincherarse en la Casa del Pueblo y organizar la resistencia. Según el relato de Trincado, en medio del desconcierto, un tal Ruiz, al que apodaban “el fanático”, preguntó al jefe de los insurrectos: “Celestino, ¿qué hacemos con éstos?”. “Llevarlos detrás”, respondió el cabecilla.

Sacaron a los prisioneros por la puerta trasera hacia una huerta y les instaron a que subieran un murete de poco más de un metro. Azcoaga trepó el primero y se volvió para ayudar a Oreja. Entonces sonaron las descargas. “Rezusta quedó muerto en el acto y mi padre resultó malherido, con los brazos abiertos en cruz”, cuenta Marcelino Oreja en sus memorias. Presentaba cuatro heridas: tres de bala en la cabeza, la columna y la mano, y una de escopeta en el brazo derecho.


Seis jóvenes requetés recogieron el cuerpo ensangrentado y lo llevaron a su casa, donde lo recibió su esposa. El sacerdote José Markiegi llegó a tiempo de darle la extrema unción. Sobrevivió apenas veinte minutos. A media tarde, la llegada de dos compañías de infantería del Regimiento Flandes de Vitoria puso en fuga a los revolucionarios. Al día siguiente, Marcelino Oreja fue enterrado en el panteón familiar de Ibarrangelua. Pureza Aguirre nunca volvió a pisar Mondragón.


Los miembros del comité revolucionario fueron detenidos y pasaron una temporada en la cárcel de Ondarreta. Con el triunfo del Frente Popular en 1936 quedaron en libertad. Celestino Uriarte ingresó en el partido comunista. Tras la guerra civil fue condenado a muerte. Cruzó la frontera en 1950 y murió en Berlín en 1979. Juan Ramón Garai ha escrito su biografía (Celestino Uriarte. Clandestinidad y resistencia comunista, Txalaparta, 2008). En ella, el líder obrero niega que diera la orden de ejecutar a Oreja y Rezusta, pero se confiesa “partícipe activo de los acontecimientos del 5 de octubre”, y asume “plenamente los hechos de aquel día”.

Josep Pla, impresionado por la muerte de Oreja, viajó como reportero a Mondragón a finales de octubre. En sus artículos le describe como “patrono modelo” y empresario “saturado de sentido humano”. Para el escritor catalán, era un político “enamorado de la doctrina social católica y, a la vez, del particularismo de su país”, que soñaba con “encuadrar el movimiento obrero vasco en los derroteros de la democracia cristiana”.


La Revolución de Octubre fracasó, pero sus secuelas tendrían una notable influencia en la política vasca. A la postre, en palabras del historiador Juan Pablo Fusi, “marcó la ruptura definitiva entre la derecha y el PNV; si se quiere, entre la burguesía ‘españolista’ vasca y la burguesía nacionalista”.